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¿Qué deporte prioriza el Estado? Claves del presupuesto deportivo 2026


El Presupuesto 2026 del Ministerio del Deporte vuelve a poner sobre la mesa una pregunta clave: ¿qué modelo deportivo está priorizando el Estado chileno? Más allá de los discursos, la respuesta aparece al observar cómo se distribuyen los recursos públicos.


Para este análisis, Fundación Clubes revisó el presupuesto oficial del Ministerio del Deporte, que para 2026 asciende a $191.483 millones, excluyendo los gastos administrativos y concentrándose únicamente en los recursos destinados a programas deportivos. Al realizar este ejercicio, la imagen es clara: cerca del 70% del gasto programático se orienta al alto rendimiento y la competencia, mientras que alrededor del 30% se destina al deporte social, amateur y de base.


El alto rendimiento concentra los mayores montos del presupuesto. Solo el programa de Fortalecimiento del Deporte de Rendimiento Convencional y Paralímpico cuenta con $30.513 millones, a lo que se suman $11.556 millones del Sistema Nacional de Competencias Deportivas y recursos adicionales para becas, carrera deportiva, premios y eventos nacionales e internacionales. En conjunto, estas líneas superan los $50.000 millones, orientados a un universo acotado de deportistas y competencias.


En contraste, el deporte social y de base —donde se ubican los clubes de barrio— se financia a través de programas como Fondeporte, Crecer en Movimiento y Deporte y Participación Social. En total, estos instrumentos suman aproximadamente $21.600 millones, destinados a sostener miles de iniciativas locales a lo largo del país, con una alta demanda y recursos limitados.


El caso de Fondeporte resulta especialmente ilustrativo. Se trata del principal instrumento estatal al que acceden los clubes de barrio y organizaciones comunitarias. Sin embargo, su presupuesto total para 2026 alcanza solo $3.665 millones, distribuidos entre formación deportiva, deporte recreativo y competencia amateur, debiendo financiar cientos de proyectos en todo el territorio nacional.


Para José Bezanilla, director ejecutivo de Fundación Clubes, esta distribución revela una tensión estructural:

“El presupuesto muestra que el deporte social sigue siendo tratado como un complemento, cuando en realidad es la base del sistema deportivo. Los clubes de barrio sostienen la práctica regular, la participación comunitaria y el acceso al deporte como derecho, pero lo hacen con una proporción muy menor de los recursos”.

El análisis no busca oponer artificialmente el alto rendimiento al deporte social, sino dimensionar las prioridades reales del Estado. “Ningún país construye un sistema deportivo sólido sin una base fuerte. No se trata de alto rendimiento versus clubes de barrio, se trata de apreciar y equilibrar el valor de ambos. Los clubes continúan obligados a sobrevivir con fondos pequeños, concursables e inestables”, agrega Bezanilla.


En ese sentido, el debate de fondo no es solamente presupuestario, sino estratégico. ¿Qué rol se espera que cumplan los clubes de barrio en la política deportiva del país? Y, sobre todo, ¿qué pasaría si el deporte social dejara de ser marginal y se transformara en una prioridad estructural del sistema deportivo chileno?

 
 
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