Efectos de la pandemia: Deporte para ricos, deporte para el resto

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COLUMNA | Álvaro Burgos
Fundación Clubes

Figuras de hinchas construidas en cartón, musicalización y ruido ambiente ficticio, estadios vacíos, pero queriendo estar llenos de ambiente, jueces de línea con mascarillas, árbitros con alcohol gel, pasapelotas con desinfectantes de aerosol rociando los balones. Ese pareciera ser el futuro escenario o la foto de Chile cuando la pelota vuelva a rodar, al más estilo europeo. Ese mismo escenario es el que menos importa y al que a nadie le debiera importar, en una sociedad que sacará su cabeza para ver la luz en un contexto aún más empobrecido luego de tiempos de cuarentena.

 

De pobreza habla la CEPAL al indicar que Chile saltará desde 9,8% a 13,7% disminuyendo el poder adquisitivo y el acceso a bienes básicos de forma abrupta. ¿Qué pasa con el deporte entonces? ¿Dejaremos de practicarlo? ¿Nos veremos limitados desde lo económico? Claro que sí, estaremos más pobres, con más deudas, con menos trabajo y menos ocupados. La oferta de servicios, tanto para la práctica, como en la industria del ocio y el entretenimiento tienen un costo. Ir al estadio a ver un partido no se podrá, en el corto plazo, desde lo sanitario, pero más profundo será el dolor de no poder asistir por no poder pagar las entradas más caras de Latinoamérica para ver un partido del balompié nacional o si se quiere correr, el valor de las zapatillas será más inalcanzable.

 

Mientras el 10% más rico de Chile seguirá blindado post pandemia, el restante tendrá la tarea muy dura para hacer deporte. Si en Chile ya existe un 66,2% de personas inactivas en la práctica deportiva, quienes lo sufrirán en demasía son las y los ciudadanos del NSE D y E, donde la inactividad llega al 70,4% y 82,5% respectivamente. Sin duda el deporte en Chile es un derecho que no está garantizado por el Estado, en una constitución conectada a ventilador mecánico.

 

Los clubes de barrio agonizan y poseen un dormido tejido social producto de la política económica neoliberal, la cual se ha encargado de relevar el individuo versus lo comunitario, a profundizar la competencia versus la colaboración, a potenciar el deporte “espectáculo” versus la practica organizada de las y los socios de los clubes. Agrego como antecedente que la política pública es netamente transaccional, pobre en aportes económicos anuales cercanos a los 156 mm USD (monto para todos los deportes que se practican en chile y de un valor similar al que pago el Barcelona por el brasileño Phillipe Coutinho el 2018) en diferentes fondos concursables que no son más que implementación deportiva básica, balones, conos, petos y camisetas, y que no financian costos de luz, agua, gas, y menos lo hará en gestión organizacional y fortalecimiento institucional de los clubes comunitarios.

 

La idea de los Clubes de Barrio como instituciones que sean la contención de un desempleo que irá al alza no la tenemos. Que puedan prestar espacios para mitigar el hambre, el frío y ahuyentar los vicios tampoco. Clubes que tengan un techo, dos arcos, aros, mallas para que la gente pueda sudar haciendo deporte, no tenemos. Todo quedó en manos de la disposición a pagar la mensualidad del gimnasio, de inscribirse en la liga privada, de pagar el costo de arriendo de la multicancha del complejo deportivo más cercano.

 

¿Y qué hacemos ahora? El Estado nuevamente debe llegar a quienes más lo necesitan, porque el privado no lo hará, a menos que suponga lucrar y maximizar sus utilidades. Más de 120 días encerrados, poblaciones hacinadas en departamentos estrechos, incapacidad de practicar deporte en 35 mt2 cuadrados, trastornos de ansiedad, aumento de peso corporal, excesiva escolarización enseñada de forma digital (solo para unos pocos, el resto “perdió” el año) es un escenario muy demoledor para el deporte que realmente importa, ese que practican semana a semana miles de niñas, niños, adolescentes y adultos en diversas disciplinas a lo largo de Chile, que con esfuerzo buscan divertirse, entrenarse y mejorar en el deporte que más les gusta, pero de todo ello, post pandemia, el modelo y el sistema le privará.

 

Para el futuro solo queda replantearse el deporte como un derecho constitucional, un financiamiento real, un derecho al territorio para los clubes amateur y un fomento a la construcción de complejos deportivos para múltiples disciplinas. ¿De dónde sacamos el dinero? Vía impuestos, Chile es top 5 en obesidad en el mundo, gravar el consumo de la confitería y la comida rápida es algo que hay que poner en la mesa para inyectar recursos reales en el deporte, que se traducen en inversión y retorno de largo plazo es salud, valores, educación y cultura deportiva de una sociedad que despertará su tejido social para construir un nuevo país.